Hace unos meses me invitaron a participar en Conectando Historias, un proyecto impulsado por el Ayuntamiento de Llanes dentro del Programa de Soledad No Deseada. La idea era sencilla de explicar pero profunda en la práctica: voluntarios y profesionales acompañaríamos a personas mayores a reconstruir y documentar su historia de vida, con el apoyo de la plataforma Envita, que facilitaba la estructura, las herramientas y la publicación final en forma de libro personalizado.
Acepté sin dudarlo. Como terapeuta ocupacional especializada en personas mayores, llevo años convencida de que escuchar —de verdad, con tiempo y sin prisa— es una de las intervenciones más potentes que existen. Este proyecto me lo iba a demostrar una vez más.
La persona que elegí acompañar
Yo elegí a Humildad, una mujer que entonces tenía 106 años. La conocía de mi trabajo en la residencia, y algo me decía que su historia merecía estar escrita. Se lo propuse a ella y a su familia, y dijeron que sí. Incluso vinieron al acto de presentación de los libros. Eso ya lo dice todo.
Cada participante en el proyecto elegía a su persona. No había asignaciones. Eso también forma parte del espíritu del proyecto: el vínculo nace de una elección mutua, no de un reparto administrativo.
Cuando empezamos a trabajar juntas, lo primero que me llamó la atención no fue su edad sino su forma de mirar. Atenta. Pendiente de que le hicieras caso. Con una sonrisa que aparecía de repente cuando algún recuerdo antiguo llegaba a buen puerto, normalmente algo relacionado con sus hermanas cuando eran pequeñas.
Su nieta fue una pieza clave: aportó mucha información, contexto, fotos antiguas. Eso también es parte del proceso: la historia de vida de una persona no vive solo en ella, vive repartida entre quienes la han querido.
El libro que salió de ese trabajo recoge anécdotas contadas por ella misma, fotos de distintas épocas de su vida, y una mirada hacia atrás que merecía estar escrita. Se titula Un siglo y más de un lustro. En el momento de publicarlo, Humildad tenía 107 años.
Qué es una historia de vida y por qué importa
Una historia de vida no es un resumen de datos biográficos. No es una ficha con fechas. Es el relato de lo que una persona ha vivido, desde su propio punto de vista, con lo que ella considera importante, con sus propias palabras y su propio orden.
En el contexto de este proyecto, el proceso seguía una estructura: un material guía de Envita orientaba las sesiones, había preguntas que servían de punto de partida, y todo el contenido —textos, fotos, documentos— se subía a una plataforma digital que luego generaba el libro físico. Pero la estructura era solo el andamio. Lo que de verdad construía el libro era la conversación, la escucha, la paciencia de volver a preguntar cuando la respuesta se había quedado a medias.
Qué aporta a la persona mayor
Más de lo que parece a primera vista.
Recordar no es solo un ejercicio de memoria. Es un acto de identidad. Cuando una persona cuenta quién fue, qué hizo, qué perdió y qué construyó, está afirmando que su vida tuvo sentido. Eso tiene un efecto real en el bienestar emocional, en la autoestima y en la sensación de continuidad personal —esa sensación de que uno sigue siendo alguien, aunque el cuerpo canse y la memoria falle a ratos.
En el caso de Humildad, yo podía ver cómo ciertas preguntas la activaban. No físicamente, sino hacia dentro. Se incorporaba un poco, los ojos se le iluminaban. Eso no es retórica: es lo que pasa cuando alguien siente que lo que tiene que decir merece ser escuchado.
Además, el libro físico —tenerlo en las manos, poder hojearlo, regalárselo a la familia— tiene un valor que va más allá del proyecto. Es un objeto de continuidad. Una prueba tangible de que esa vida existió y dejó huella.
Qué aporta a la familia
Mucho más de lo que esperan cuando empiezan.
Las familias que participaron en el proyecto —como la nieta de Humildad— descubrieron cosas que no sabían. Detalles de la infancia, decisiones que marcaron un rumbo, momentos de los que nunca se había hablado en casa. La historia de vida abre conversaciones que el día a día no deja espacio para tener.
Y después queda el libro. Un objeto que permanece cuando la persona ya no está. Que los nietos pueden leer dentro de veinte años y encontrar a alguien real, no una foto en blanco y negro sin contexto.
En términos de duelo anticipatorio —algo muy presente en familias que acompañan a personas mayores con deterioro— tener ese registro puede ser también una forma de prepararse: de decirse "ya hemos guardado lo importante".
Qué aporta a los profesionales
Esto es lo que menos se habla, y para mí es lo más valioso.
Participar en un proceso de historia de vida te obliga a desacelerar. A escuchar sin objetivo terapéutico inmediato, sin protocolo que cumplir, sin intervención planificada. Solo estar ahí, con tiempo y con curiosidad genuina.
Eso cambia algo en cómo trabajas después. Cuando vuelves a tu práctica habitual, miras de otra manera a las personas con las que trabajas. Sabes que detrás de cada conducta, de cada resistencia, de cada silencio, hay una historia que no conoces todavía.
Para mí, participar en Conectando Historias fue también un recordatorio de por qué elegí esta profesión.
La conexión con la Atención Centrada en la Persona
La historia de vida no es un recurso de entretenimiento ni un taller de reminiscencia puntual. Es, en su esencia, la herramienta más honesta que existe para practicar la Atención Centrada en la Persona (ACP).
La ACP parte de una premisa que parece sencilla pero que cuesta mucho sostener en el día a día de los centros y servicios: la persona no es su diagnóstico, no es su grado de dependencia, no es su edad. Es alguien con una historia, con valores, con preferencias, con un proyecto de vida que merece ser respetado incluso cuando ya no puede gestionarlo solo.
Conocer esa historia —aunque sea una parte, aunque llegue a medias, aunque la cuente la nieta porque la abuela ya se cansa— cambia radicalmente cómo se interviene. Cambia qué música se pone, a qué hora se propone una actividad, cómo se habla, qué se pregunta. Cambia, en definitiva, si el cuidado es genérico o es de alguien concreto.
Para terminar
Si trabajas con personas mayores —como profesional, como familiar, como voluntario— y tienes la oportunidad de participar en un proyecto de historias de vida, hazlo.
No porque vaya a resolver nada concreto. Sino porque te va a recordar lo fundamental: que cada persona que tienes delante ha vivido más de lo que imaginas, y que escucharla es, en sí mismo, una forma de cuidar.
Humildad y yo, celebrando. Una imagen del libro Un siglo y más de un lustro, publicado dentro del proyecto Conectando Historias.
¿Has participado alguna vez en un proyecto similar? ¿Conoces la metodología de historias de vida aplicada a personas mayores? Me encantaría leerte en los comentarios.